Naranjo en flor

Estos vinos, los naranjos, tienen un color parecido a ciertas gaseosas, poco que ver con las sutilezas de los vinos, ya sean tintos, blancos o rosados. Son moda desde hace unos años en Nueva York y en algunas ciudades europeas; en Argentina desde hace pocos años algunas bodegas los están produciendo y también hay una experiencia en Perú.
¿Blancos con alma de tintos? No. Son diferentes, la técnica es milenaria y de una simpleza absoluta. Este tipo de vinos se elaboraba en el Cáucaso en ánforas de terracota hace más de 5.000 años, es natural. Los vinos se maceran y fermentan al mismo tiempo, con hollejos y semillas. El primero que apareció en Argentina fue el Torrontés Brutal de Matías Michelini, que desorientó a muchos por su carácter intenso en aromas y textura, muy lejano a las sensuales características del Torrontés de toda la vida, elaborado con uvas del Valle de Uco.

El Torrontés Brutal pasó a integrar la línea Vía Revolucionaria, que posee además un Gewürztraminer y un “blend de naranjos”. Zuccardi tiene también un Chardonnay naranja. Paz Levinson, junto a su amigo Juan Pablo Michelini, creó Pozo de Sapo, un vino naranja, encendido y raro: Chardonnay elaborado como tinto, con uvas de Chubut. Otro pionero fue Ernesto Catena Vineyards, que realizó un corte de Semillón y Chardonnay. El mensaje ya está en la botella, un envase rústico que encierra un vino que desorienta como todos estos naranjos, pero que finalmente seduce. Son vinos para comer. Con menos taninos que un tinto, más textura que un blanco, menos delicadeza y levedad que los nuevos rosados. Resulta perfecto, por ejemplo, para acompañar las modernas hamburguesas. El último probado, perfecto para la molleja de cordero de Don Julio: Liverá Malvasía, que me recuerda a ciertos vinos andaluces. O para acompañar el pacú grillado de La Malbequería

 

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