El regreso de los toneles

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Hubo una época en la que los grandes toneles de roble francés fueron protagonistas de los mejores vinos argentinos. Lucían imponentes en las cavas de las bodegas con sus diversos tamaños, desde 5.000 hasta 100.000 litros. Eran los guardianes del vino, ya que allí dentro descansaban los tintos hasta lograr su máximo equilibrio.

 

El paso del tiempo les confería un estilo añejo y complejo, con bouquet (muchos aromas) y texturas sedosas. Pero todo cambió rápidamente, cuando la exportación se transformó en el centro del negocio, y los vinos matizados por el tiempo se quedaron sin lugar. Casi todas las bodegas reemplazaron sus grandes toneles por barricas, con la intención ya no de añejar sino de criar sus mejores exponentes, y así causar un mayor impacto en los consumidores globales.

 

Está claro que la innovación y la tecnología han marcado el ritmo de la evolución de los vinos argentinos en los últimos 20 años. Antes, para los vinos finos se utilizaban las mejores uvas de los mejores viñedos. Igual que hoy, pero con mucho menos conocimiento del terruño, y escasa tecnología. La uva elegida para los grandes vinos no era el Malbec sino el Cabernet Sauvignon, emulando a los grandes vinos de Burdeos. Pero solo con las uvas y una buena viticultura no alcanzaba para hacer un gran vino, había que añejarlo para que adquiriera el bouquet (aromas y sabores complejos) y elegancia.

 

En busca de un estilo vínico, pero más del mercado, la Argentina deambuló sin pausa y con prisa los primeros años del milenio. Primero con vinos muy concentrados, ya con el Malbec en primera fila, y con un largo paso por roble, ya que el propósito era causar impacto. Pero eso duró poco, porque los demás países también hacían lo mismo. Hasta que un grupo de winemakers decidió apoyarse más en el Malbec que en el roble, y la uva empezó a ser reconocida como vino ícono de la Argentina.

 

El roble empezó a dar unos pasos para atrás, pero sin desaparecer, ya que los mejores vinos de las bodegas seguían criándose en barricas, pero ya no eran 100% nuevas, sino también usadas. Sin embargo, los avances más importantes se dieron a partir del know-how de los hacedores, y muchas cosas en la vitivinicultura vuelven a ser como antes. Porque en el vino todo es prueba y error, y si hay una vuelta atrás, ello no significa que el tiempo pasado fue mejor, simplemente que en el redescubrimiento de viejas técnicas hay futuro. El roble no es mala palabra, hay algo entre la madera y el vino que es único, el tema es encontrar el equilibrio justo.

 

Algunas bodegas hace tiempo importaron grandes cubas de roble (de 2.500 a 10.000 litros) para fermentar sus mejores vinos. Otras siguieron fermentando en barricas nuevas, pero ahora de tamaños más grandes, que van de 300 a 900 litros.

 

Hoy, la incorporación de toneles para criar vinos de una manera poco invasiva (a la antigua) es una realidad. Algunos los llaman foudres, por su denominación en francés, pero los toneles del siglo XXI difieren mucho de los que llegaron en la década del 60. Vienen armados y listos para ser utilizados, tanto para fermentar como para criar. Los vinos actuales que tienen paso por estos toneles buscan respetar el carácter del lugar, aportando esa redondez que solo puede ofrecer el roble, ya que los taninos del vino se polimerizan (unen) con los de la madera, haciéndose más finos y persistentes en el tiempo.

 

 

Tips:

  • En las viejas bodegas, la fermentación se hacía en grandes piletas de hormigón, y el añejamiento, en los grandes toneles. Luego fueron reemplazados por los tanques de acero inox y las barricas de 225 litros.

 

  • Casi todas las bodegas reemplazaron sus grandes toneles por barricas, con la intención ya no de añejar sino de criar sus mejores exponentes, y así causar un mayor impacto en los consumidores globales.

 

 

  • La idea de los hacedores fue bajar ese aporte del roble que se sentía en muchos vinos con aromas a vainillina, whisky, tostados, café, etc.

 

  • Sin dudas, cada cosecha dejó un gran aprendizaje. Así fue como surgieron los vinos fermentados y criados en la misma barrica, curiosamente con menos sensación de madera.

 

 

  • El roble no es mala palabra, hay algo entre la madera y el vino que es único, el tema es encontrar el equilibrio justo.

 

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