Equivocarse en nombre de dios

La dirigencia política vive una encrucijada. Parecería que el temor se apoderó tanto del oficialismo como de la oposición. Y el miedo no es sonso y tiene nombre y apellido: Segunda ola de la pandemia.

Hoy, los dos lados de la grieta está unidos, pero no por el amor sino por el espanto. Espanto a lo que ven venir como un tsunami imparable que puede arrasar todo y no hay diques de vacunas que hagan de contención.

Más allá de la brisa que representa la llegada de nuevos cargamentos de vacunas, todavía están lejos de ser suficientes y generar optimismo. Y mucho más lejos están de acercarse a lo que se viene anunciando desde diciembre.

Encima llegó la Semana Santa y todo lo que se podía hacer mal, se hizo mal. Primero fue la inexplicable actitud del gobierno Nacional (la Ciudad no se sumó) de declarar días no laborables para la administración pública, lunes, martes y miércoles convirtiendo la semana en un feriado interminable que alentó a la gente a viajar por todo el país para refrescar la cabeza y, de paso, esparcir las nuevas cepas del virus a lo largo y ancho de todo el territorio. Un disparate electoralista que vamos a pagar en el corto plazo. Eso sí, el lunes todos de vuelta a casa y a pensar medidas restrictivas para tratar de frenar lo que se impulsó apenas unos días antes.

Con un Alberto Fernández desdibujado, boicoteado por su propia tropa y con frentes abiertos por todos lados para agradar a su jefa política, ya no queda prácticamente plafón para arengar a las masas como en el comienzo de la pandemia cuando se mostraba junto a Axel Kicilof y Rodríguez Larreta antes de hacer estallar esa sociedad quitándole fondos a la Ciudad sin aviso previo al Jefe de Gobierno. La gente está cansada y con razón, lo que no significa que el enojo no la lleve a reaccionar equivocadamente.

Está claro que se le ha perdido el respeto al virus pese a que todavía falta mucho para que no sea de temer. Más aún, todavía falta muchísimo para saber cuáles pueden ser los efectos secundarios que padecerán a futuro los quienes se contagiaron y salieron airosos de la experiencia.

Lo cierto es que el Gobierno en estos momentos se debate entre tres criterios irreconciliables: 1) El epidemiológico, o sea, cómo hacer para frenar la pandemia con pocas vacunas 2) El económico o cómo no destruir la economía más de lo que ya está destruida y 3) El electoral que sería algo así como actuar para frenar los contagios tomando medidas que no lo afecten en las próximas elecciones. La tiene difícil.

Mientras tanto y por su parte los infectólogos ven un escenario peor que en el primer brote pero no quieren gritarlo demasiado porque ya gritaron y, en parte, se equivocaron y fueron duramente criticados por eso.

Es como si todos supieran lo que va a suceder pero nadie quiere aceptarlo, ni hablarlo en voz alta, mucho menos tomar medidas antipáticas para intentar aminorar el impacto.

Estamos solos señores, nadie nos va a cuidar si no lo hacemos nosotros. Es hora de dejar de esperar que nuestros gobernantes solucionen nuestros problemas. Nos toca actuar a nosotros, nos toca tomar todos los cuidados posibles, no confiarnos. Es que allá afuera, no tenemos a nadie en quien confiar.

Escuchá el podcast de Claudio Gurmindo: