LOS CAMINOS DEL TORRONTÉS RIOJANO

Hacía algunos años que no visitaba esta provincia del norte, con una identidad tan fuerte como su acento. Recuerdo una lejana excursión a Talampaya y sus paisajes desmesurados, un imponente desierto de rocas, donde 250 millones de años dejaron huellas que cuentan el inicio de la vida. El lugar tiene un halo de misticismo que alimenta su atractivo, ostenta imponentes cañadones de rectos y altos paredones, dejando al descubierto imágenes sorprendentes.Talampaya fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Es un legado histórico y cultural para la provincia, el país y el mundo, con grabados figurativos –antropomorfos y zoomorfos– y abstractos realizados por hombres que habitaron la región miles de años atrás. Un escenario como de film de Antonioni, con reminiscencias del Sahara. En esa ocasión, a fines de los ochenta, compartimos un picnic con amigos. Celebrábamos que el Torrontés riojano Nacari, en botella esmerilada, moda ochentista, había recibido en Vinexpo, en Bordeaux, un premio máximo. En ese momento se lo llamaba Oscar; así, con acento en la O, como en el cine. Fue el premio mayor en su categoría, blanco del Nuevo Mundo. Los argentinos tenemos cierta tendecia a exagerar la realidad: hasta ahora el mito cuenta que aquel Nacari recibió el premio “al mejor vino del mundo”. Lo cierto es que era un blanco notable del estilo de los Torrontés que se elaboran ahora para seducir al mundo: pálidos pero voluptuosos en aromas a frutas y a flores, secos, refrescantes y sensuales.

 

La Costa Riojana

En este viaje organizado para posicionar la provincia en el mapa vinícola de la Argentina con la creación de la Ruta del Torrontés Riojano, conocí el circuito llamado Costa Riojana. Este “Camino de la Costa” en La Rioja no alude a ningún circuito que corra a la vera de ríos u otros cursos de agua, sino a la zona que bordea el cordón del Velasco, con unos 13 pueblitos ubicados sobre la ruta provincial 75, en un microclima especial, que comienza a unos 30 kilómetros de la ciudad capital y se extiende unos 126 más. Los pueblitos aparecen en el circuito encadenado por caminos sinuosos entre un rojo de enormes moles rocosas y un verde inusual en la provincia, con sus árboles frutales, olivos, dulces y vinos artesanales, tambos y antiguas iglesias.

Los habitantes de estos pueblos de casas bajas, algunas de adobe con techos de paja, no son más de 800 y a veces poco más de un centenar, como en Santa Vera Cruz, el más alejado, pequeño y alto de la región, a más de 1.800 metros sobre el nivel del mar.

La base de su economía está en los cultivos de distintos vegetales adaptados a la zona y la cría de animales en limitada cantidad pero de alta calidad, ya que mantienen técnicas artesanales tradicionales y no manejan ningún sistema industrial ni productos químicos contaminantes en ninguno de los casos. Toda la producción es naturalmente orgánica.

Después de visitar cuatro bodegas conocimos, cerca de Chilecito, el cable carril: esa antigua construcción que transportaba los metales de la mina, toda esa obra de ingeniería con una estética y una historia. Fueron los alemanes quienes construyeron el sistema para los ingleses propietarios de esas minas de oro y plata. Monumento Histórico Nacional, es otro de los lugares emblemáticos que atestigua no sólo su historia como transporte de la actividad minera en la zona (oro, plata y cobre), sino lo significativa y dinámica que era, por ese entonces, la economía de la región.

Conmueve esa imponente obra de ingeniería de principios del siglo XX, con una estética que recuerda al constructivismo ruso. Posee una extensión de 37 kilómetros que recorren las nueve estaciones situadas entre los 1.092 y 4.200 metros sobre el nivel del mar. Rodeado de una imponente belleza, en la primera estación ubicada en la ciudad de Chilecito, se encuentra el Museo Histórico que expone variados elementos propios de la actividad, culminando en el corazón mismo del Famatina, la Mina de la Mexicana, desde donde se cargaban los vagones. El trayecto hacia la mina da lugar al Cañón del Ocre, entre montañas color dorado. En lo que fuera la primera estación se instaló un restaurante, donde resulta muy atractivo probar las iluminaciones del chef que recrea con técnicas modernas platos telúricos, acompañados, por supuesto, de Torrontés riojano.

 

Con los hacedores

Si el Torrontés existe fue porque, en épocas coloniales, algún despistado tiró una pasa de uva en algún lugar del Norte argentino. Como para el Malbec o para Madame Ivonne, la Cruz del Sur fue su destino. Otra versión: un tal Capitán Garzón la trajo de España en 1611 y la plantó en Nonogasta. La variedad es una cruza espontánea y única de uva criolla chica con moscatel de Alejandría. Tanto en Salta como en Mendoza, o acá en La Rioja, se llama Torrontés riojano. No existe en otra parte del mundo. No habrá ninguna igual, no habrá ninguna…

En primer lugar conocimos en Aminga, dentro de la localidad de Castro Barros, San Huberto, la antigua bodega de la familia Menem que en un lejano viaje ya había visitado. Pertenece a Carlos Spadone, quien también posee una bodega en Mendoza y, desde 2003, viñedos y bodega en China. La bodega cuenta con tecnología moderna y está instalada en una bella casa antigua; la dirige impecablemente el enólogo José Bosso, un mendocino deslumbrado con los productos de esta tierra. Además de Torrontés en dos estilos, elabora –tras unos años de lo que fuera el primer Petit Verdot varietal– Nina.

Recorrimos el impecable viñedo de Tannat, cercano a la bodega. Con el asado probamos el vino Petit Verdot, cuya armonía y textura desmienten la tan mentada rusticidad del cepaje, sin que pierda su carácter exótico. Visitamos al día siguiente Chañarmuyo, un lugar mágico en el Valle de Famatina, propiedad de un empresario correntino. Quien la gerencia, Martín Maza, también es un correntino enamorado del vino y sus circunstancias: este paisaje único. Allá se levanta un pequeño hotel boutique exquisito y muy confortable, de una arquitectura minimalista integrada al paisaje. La bodega fue construida por el estudio de arquitectura Bórmida & Yanzón, hacedores de las más espectaculares bodegas mendocinas. Curiosamente en estos viñedos de altura, cuidadísimos, no plantaron Torrontés. Como blancas, sólo Viognier y Chardonnay, pero elaboran un Tannat muy interesante, algo salvaje, raro y encendido. Es un proyecto audaz de vinos de altura con uvas orgánicas. El enólogo asesor es Luis Barraud, el antiguo y sabio propietario de Cobos, bodega ahora en manos de Paul Hobbs. Vinos diferentes, con una elegancia distintiva, como el Cabernet Sauvignon o el blend tinto que deslumbran a quienes visitan este lugar luminoso. Recién este año se están conociendo en el mercado interno. Nicolás Catena tiene viñedos allí nomás, en Famatina, y utiliza esta bodega modelo para elaborar algunos de sus grandes vinos. A Catena lo deslumbraron la zona y sus productos. En el pueblo Pituil, visitamos una pulpería algo surrealista donde, junto a Biblias y calefones, se destilan los orujos de estas uvas y se obtiene la mejor grapa del país.

Valle de La Puerta, en Chilecito, es otra bodega relativamente nueva, que produce muy buenos vinos desde hace unos años, con la conducción de Javier Collavatti, ingeniero agrónomo y enólogo, un joven iluminado que elabora Torrontés pero además algunos otros varietales tintos como Syrah, Malbec y blends. A su vez, Collovatti tiene un proyecto propio. Sus vinos te cuentan un lugar y una historia, como deberían hacerlo todos los vinos. La Puerta tiene también aceite de oliva, proveniente de los antiguos olivares que rodean los viñedos. En el camino pasamos por un pueblo, Arauco, el mismo nombre de la variedad de aceituna que identifica a la Argentina. Allí se hace todos los años la fiesta del olivo, donde se recrea la mítica defensa de ese añoso olivo, protegido con astucia por los pobladores de los colonizadores, quienes querían erradicarlos definitivamente de América para que no compitiera, como los vinos, con la producción hispánica.

La Cooperativa Riojana en Chilecito es un megaemprendimiento que reúne más de 450 productores. La visité muchas veces en años anteriores: sigue creciendo, innovando y exportando. Enólogos y técnicos ponen especial cuidado en mejorar tanto los vinos como el aceite de oliva orgánico que exportan con éxito a todo el mundo. Incluso tiene una empresa en Suecia. Por su producción orgánica y por la certificación de comercio justo, la Cooperativa obtiene por cada botella vendida en ese país una mínima cantidad de dinero que luego invierte en una escuela agrotécnica de nivel terciario, que visitamos. Impecable.

El Torrontés en La Riojana tiene muchas caras: el más austero y despojado es Raza, elaborado finalmente según profundos estudios únicos sobre el papel de las levaduras. El resultado es un vino fresco y aromático, que tiene que ver con los lontanos Torrontés de antaño, pesados y casi empalagosos en sus aromas aunque tuvieran paladar seco.

Imperdible volver a La Rioja por la Ruta Nacional 40. Cuesta de Miranda une Villa Unión con Chilecito a través de la localidad de Nonogasta. En este nuevo camino del vino, la Cuesta de Miranda que recordaba como un trabajoso camino de ripio es una ruta encantada, por la complejidad y las innovaciones empleadas en su construcción. La nueva traza fue distinguida como “Obra Vial Nacional del Año” por la Asociación Argentina de Carreteras.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Name