Una cuestión de etiqueta

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En un mercado de más de 6.000 nombres, ese recorte de papel al frente de cada botella es la carta de presentación no solo del contenido, sino también de la bodega y de todo un equipo que hizo posible que ese vino estuviese allí.

Con el correr del tiempo, la industria del vino argentino ha pasado de imitar diseños del Viejo Mundo (con sus castillos y letras góticas) a otros más disruptivos de dudosos tintes psicodélicos. En la actualidad, el rediseño del packaging (etiqueta incluida) es una de las estrategias comunicacionales llevadas a cabo desde bodegas y agencias para acompañar la evolución del mercado. Pareciera que modernizar la imagen de la bodega o sus vinos garantiza el acercamiento al público joven, aunque muchas veces el resultado sea el inverso.

Por otro lado, está la normativa. Esta establece las pautas mínimas respecto de la información que una etiqueta debe contener para poder comercializarse en el mercado interno: marca, denominación, grado alcohólico, contenido neto, país de producción, fraccionador (N° INV), análisis de libre circulación, azúcar, características cromáticas, componentes no vínicos, isologo “Vino Argentino Bebida Nacional” y la mención sobre la presencia de sulfitos y/o huevo/leche y sus derivados. Otros optativos son: domicilio, origen (indicación de procedencia, geográfica o de origen controlada), año de elaboración, denominación varietal y otras menciones complementarias de características diferenciales (tales como “Reserva” o “Gran Reserva”).

A estos datos se suman certificados de viticultura orgánica o biodinámica, los de producto vegano, los sellos para vinos kosher y otros similares. Si agregamos notas de cata, las palabras y/o la firma del enólogo (sobre todo si su nombre vende por sí solo), algunos datos de vinificación o el lugar de origen, así como alguna recomendación para el acuerdo gastronómico, el caudal informativo es inmenso en apenas unos centímetros cuadrados.

Y si bien hay muchas etiquetas que da gusto leer, muchas otras son un compendio del “macaneo glorioso” al que se refería Don Miguel Brascó cuando aludía a los “bobetas” y su “pipiripí vitícola y vinícola”.

Claro está, en el otro extremo se encuentra la etiqueta minimalista, de excelente factura de diseño y que, jugando al misterio, tal vez ni siquiera nos diga qué contiene la botella.

Entonces, ¿de qué se podría servir la bodega para hacer más gratificante la experiencia de destapar una botella de vino?

Sin incumplir la norma, y como complemento a la información mínima requerida, algunas incluyen un código QR (o aplican Realidad Aumentada), un agregado comunicacional que ayuda a profundizar la información sobre el vino y la bodega en otros formatos. Así, el consumidor se involucra de modo más dinámico, permitiéndole apropiarse de la etiqueta, haciéndolo partícipe necesario en la comunicación. Lo mismo sucede con la mención de las redes sociales de la bodega o marca, las que amplían la información y fomentan la interacción con el consumidor.

De esta forma, a través de información concisa y válida, las etiquetas deberían incrementar la satisfacción del consumidor, sin que ello aumente su incertidumbre o confusión al momento de la elección.