Un Presidente deshilachado

El Presidente está desorientado, dubitativo, sobrepasado y errático, con la palabra y la autoridad desvalorizada. Y lleva apenas 16 meses de Gobierno. Eso, de cara al futuro puede ser una carga muy pesada o sencillamente nada, apenas una más de las muchas cosas insólitas que los argentinos estamos acostumbrados a vivir y sobrevivir.

Las medidas que tomó el miércoles Alberto Fernández pusieron en evidencia la falta de organización, rumbo y certezas que reinan en la Casa Rosada, Olivos y aledaños. Nada se habla, pocas decisiones se sostienen y los ministros quedan en ridículo con demasiada frecuencia. En los 18 minutos que duró su anuncio grabado, el Presidente rifó una vez más no solo su palabra sino la del ministro de Educación Nicolás Trotta y la de la ministra de Salud Carla Vizzotti quienes ese mismo día anunciaron a voz en cuello que por nada del mundo se suspendían las clases presenciales. Para colmo, ni siquiera les avisó del cambio de planes que los iba a dejar pedaleando en el aire. También tuvo el poco feliz comentario sobre chicos discapacitados que no entienden y se ponen en riesgo y ni hablar de la mención acerca de la relajación en la que cayó el personal de salud. Difícil de entender que un Presidente en sus cabales y que esté controlando la situación haga semejantes comentarios.

Pero antes de continuar hagamos una pausa para dejar algo bien en claro: no cabe ninguna duda que es necesario y urgente tomar medidas frente al tsunami que nos está golpeando. Según mi humilde entender salvo la trasnochada idea de cortar las clases cuando los índices de contagios entre alumnos, profesores y personal de apoyo, son bajísimos (ronda aproximadamente el 1%) las medidas restrictivas se volvieron necesarias. Porque no hay que olvidar que el año pasado la cuarentena extensísima y extrema sacó de la escolaridad a 1.000.000 de alumnos en todo el país de los cuales apenas volvieron a las aulas unos 170.000. Y esto no lo digo yo, lo dijo el ministro Trotta. Gravísimo, una tragedia. Además quiero remarcar lo que mencioné en mi  columna anterior: el Gobierno permitió y alentó la Semana Santa turística para que la gente viaje por toda la Argentina desparramando las nuevas cepas del virus por todos los rincones. Una incongruencia de consecuencias insospechadas.

Volviendo al clima político, el que más gana en este barro es Horacio Rodríguez Larreta, más allá de la presencialidad o no de las escuelas porteñas, claro. Mientras el Presidente lo está convirtiendo en un estadista que no es a fuerza de las profundas incongruencias discursivas y temáticas en las que cae permanentemente, llueven las quejas adolescentes y los ataques llenos de estadísticas inventadas para apoyar su relato de parte de Axel Kicillof  quien salió con toda su furia contra el Jefe de Gobierno. Si hasta lo llegó a acusar de no tener capacidad para controlar la pandemia y que por hacer politiquería los porteños abarrotaron las camas de terapia intensiva en la Ciudad de Buenos Aires y tienen que ser atendidos en los magníficos hospitales de la Provincia. Acusación fuerte, aunque omitió decir que el 29% de las camas de terapia porteñas están ocupadas por habitantes de la Provincia que no encontraron camas en sus distritos.

El enojo actuado del gobernador bonaerense que tanto agrada a la ex presidenta Cristina Fernández y terminó adoptando Alberto, llegó a instalar dentro del propio oficialismo la idea de que el Presidente está tan desorientado que no solo le obedece a Cristina sino que también termina haciendo lo que pide Kicillof. Y eso resultó evidente en la reunión que mantuvo con el Jefe de Gobierno porteño en la quinta de Olivos el viernes por la mañana, tras la cual llamó a una conferencia de prensa en la que intentó mostrarse conciliador al principio, pero rápidamente fue cambiando hasta acusar a Larreta de mentiroso, de actuar bajo las órdenes de Mauricio Macri (como había asegurado Máximo Kirchner un día antes) y de apañar a la desenfrenada Patricia Bullrich, quien se sumó a uno de los impresentables cacerolazos frente a la residencia presidencial. De locos, casi una película de terror en paralelo a los miles de contagios y cientos de muertes que nos golpean día a día.

Deshilachado, el Presidente insiste con asumir la comunicación entre nervios, enojos y la imperiosa necesidad de pegar una aunque sea de carambola. Y si no lo consigue, espera que el segundo pinchazo de las vacunas logre que la gente se olvide de la trágica deriva en la que deambula tanto la economía, como la sanidad de un país entero.

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