El caso del tirador de San Cristóbal —el adolescente de 15 años que llevó la escopeta de su abuelo a la escuela y gritó “sorpresa” antes de dispararle a un chico de 13— volvió a encender una alarma que ya venía creciendo en silencio.
No se trata solo de la llamada true crime community o de la posible glorificación de las masacres escolares. Lo que aparece con fuerza es algo más profundo: chicos que crecen en entornos atravesados por la violencia y que tienen acceso a armas. Las imágenes que circularon en los últimos días —pibes posando con armas dentro de las aulas, pintadas, amenazas— ya no pueden leerse como simples bromas de mal gusto.
Hay un cambio de lógica. Las armas dejaron de ser algo que se esconde para convertirse en algo que se exhibe. Sin miedo, sin pudor. ¿Qué hay detrás? Vulnerabilidad económica, falta de contención, problemas en el sistema educativo. En algunos casos será uno de estos factores, en otros todos juntos, atravesados además por la cultura de las redes, donde mostrarlo todo se vuelve una necesidad.
Los números ayudan a dimensionar el fenómeno. En la Ciudad de Buenos Aires hay al menos 20 casos bajo investigación del Ministerio Público Fiscal. En Santa Fe se registraron más de 400 denuncias. En la provincia de Buenos Aires, solo en un día se hicieron 70 presentaciones. Mendoza suma más de 200 casos y tomó una medida extrema: que los chicos asistan a la escuela sin mochila.
Hubo detenciones, allanamientos y decisiones judiciales que incluso apuntan a responsabilizar a los padres por los costos de los operativos. En algunos casos, estas respuestas podrán funcionar. En otros, serán apenas un parche frente a un problema mucho más complejo, que ya no se puede subestimar.
Escuchá la columna de Cecilia Di Lodovico en El lunes puede esperar.
