El femicidio de Agostina Vega ya dejó de ser solamente un caso policial. Se convirtió en un problema para el poder político y judicial de Córdoba, que todavía intenta explicar errores, omisiones y decisiones difíciles de comprender.
La primera reacción pública no ayudó. Tras la confirmación del hallazgo del cuerpo, el fiscal Garzón ofreció una conferencia de prensa que generó fuertes críticas. En lugar de enfocarse en la investigación, eligió destacar el trabajo de los perros que participaron de la búsqueda. A su lado, el ministro de Seguridad, Juan Pablo Quinteros, permaneció en silencio. Un silencio que también habló.
Después de aquella conferencia, y tras los cuestionamientos de periodistas, peritos y especialistas, la investigación pareció adquirir una rigurosidad que debió haber tenido desde el comienzo. Sin embargo, siguen apareciendo interrogantes. Uno de ellos es la particular coincidencia entre distintos sectores de la familia de Agostina, que pese a sus diferencias mantienen su respaldo al fiscal.
El caso también golpeó de lleno a la política local. Claudio Barrelier, principal acusado del femicidio, trabajaba en la Municipalidad pese a haber estado detenido anteriormente por secuestrar y atar a una mujer en la misma vivienda donde más tarde sería asesinada Agostina.
Detrás de esa historia aparece otro nombre: Ricardo Moreno. Concejal, dirigente peronista y abogado defensor de Barrelier en aquella causa. También fue quien facilitó su ingreso al municipio en 2021. La revelación terminó provocando su renuncia. Moreno denunció una operación mediática y política en su contra, aunque evitó cualquier autocrítica por haber respaldado a una persona con antecedentes de violencia extrema.
Mientras la investigación sigue avanzando, queda abierta una pregunta incómoda: ¿quién está sosteniendo a quién? ¿El poder político al fiscal o el fiscal al poder político?
Por ahora, el caso sigue atrapado en ese laberinto. Y Agostina se suma a una lista que la Argentina conoce demasiado bien: la de las víctimas que terminan exponiendo mucho más que a sus agresores.
Escuchá la columna de Cecilia Di Lodovico en El lunes puede esperar
